Volver a Martí , una necesidad vital

El profesor Armando Bejarano Valdeolla demuestra a sus estudiantes en el área experimental, el riego mediante sifones.(Instituto Tecnológico de la Caña Alvaro Barba Machado, 1971)

 

Dr. C . Oscar L. Parrado Alvarez, Cátedra Agroecológica Julián Acuña Galé, oscar.parrado@reduc.edu.cu

La relevancia y necesidad vital de alcanzar la soberanía y seguridad alimentaria para desarrollarnos a plenitud en medio del cruel y genocida bloqueo, nos hace recurrir una y otra vez al ideario pedagógico martiano, en el que la práctica y la enseñanza científica  ocupan un lugar de privilegio, mirarnos en el espejo de sus enseñanzas, transformar lo que deba transformarse, cambiar revolucionariamente lo que deba ser cambiado.

Los que nos formamos en sus enseñanzas, llevadas a la práctica por nuestro invicto Comandante en Jefe, lo pudimos comprobar en nuestra formación y lo hemos llevado en nuestra obra de formar profesionales durante casi cincuenta años.

No obstante no siempre y en todos los lugares se comprende en su totalidad el papel de la práctica científica  y la investigación en la formación de agricultores, la actividad laboral concentrada de los estudiantes no sustituye la sistemática visita al campo, a los animales, para aprender de la naturaleza en la naturaleza, la mejor aula, el mejor laboratorio es el campo cotidiano, ver crecer las plantas y los animales, se trata de que los estudiantes de agricultura, vivan los procesos que luego van a dirigir, esto no lo sustituyen ni las aulas anexas ni las unidades docentes, se necesita un complemento, el campo de experimentación, cercano a la cotidianidad del estudiante, a su día a día, campo donde surgen las más variadas situaciones que nunca surgirán en un laboratorio o en un aula. Por estas razones recomendamos a lectura de este artículo escrito por nuestro Martí en La América, revista fundada por el para divulgar en nuestros pueblos nuestramericanos los últimos adelantos científicos que nos pusieran a la par del gigante de las siete leguas.

A ustedes, lectores les corresponde la última palabra y la acción transformadora, donde existe un área experimental o campo de demostración tan útil en la labor extensionista, porque vista hace fe, perfeccionarla y donde no existe crearla.  

Nada mejor para vindicar su vida y obra que llevarla a la práctica en nuestra cotidianidad la manera como debe enseñarse la agricultura.  A continuacion el texto que recomendamos…  

  LA MANERA COMO DEBE ENSEÑARSE LA AGRICULTURA

 De La Enciclopedia de la Educación, que comenzó a publicar en Montevideo el Sr. José P. Varela, reproducimos con placer la siguiente porción de un luminoso informe, sobre la enseñanza de la agricultura en las escuelas primarias.

“La enseñanza de la agricultura, para que sea fructífera, debe ser esencialmente experimental y práctica. Las escuelas de agricultura donde no se ha acompañado la práctica a la teoría han dado generalmente malos resultados. Todos los colegios de agricultura bien organizados tienen contiguo al colegio un campo de experimentación y de estudio. En el colegio de agricultura de Michigan, los estudiantes no tan solo trabajan, sino que reciben una remuneración por su trabajo que varía, según el grado de habilidad y contracción desplegados, de dos a siete y medio centésimos por hora. En el de Maryland el trabajo manual es obligatorio, y los estudiantes emplean una parte del día, trabajando en la huerta o en el campo, bajo la dirección del superintendente de la granja, oyendo sus descripciones, comentarios y explicaciones, y fijando su atención en todos los detalles de cada procedimiento agrícola. En el Illinois todos los estudiantes, salvo por enfermedad o inhabilidad física, deben trabajar en la huerta y el manejo de los animales. En la escuela de agricultura de Zurich (Suiza), los alumnos dedican tres horas, durante el verano, a la instrucción, y ocho al trabajo; en invierno, seis horas al trabajo y cuatro a la instrucción.”

La opinión de que la práctica es el único medio de aprender provechosamente la agricultura, es tan general, que no puedo resistir a transcribir lo que dice a ese respecto el ya citado periódico el American Agriculturist.

“Todo joven, dice, querrá saber cómo y dónde podrá aprender a hacerse agricultor. Esta pregunta se nos hace a menudo y en parte se contesta fácilmente. La agricultura es un arte que solo puede aprenderse en la práctica. Un joven aprenderá la labranza con el arado y la rastra, el sembrador y la segadora, con constante y duro trabajo y estricta observación. No puede aprenderla en una oficina, ni en un estudio, ni por medio de libros, ni tampoco sin ellos. Con mucha industria puede hacerse un buen labrador; pero solo por el trabajo mental, estudiando lo que otros han hecho y lo que le es posible hacer, y la naturaleza de los materiales con que trabaja, se hará un verdadero agricultor. El modo de adquirir estos conocimientos es el que no es fácil determinar. Es muy probable que un joven aprenda mucho empleándose con un buen agricultor hasta que sepa el manejo propio de los utensilios de labranza, del ganado y la distribución del trabajo. Un joven  inteligente necesita solo esto agregado al estudio de buenos papeles agrícolas. Si no le es posible emplearse de esta manera y tiene que ser su propio maestro, trate de conseguir una granja que consista principalmente en pastos, dótelas con algunas ovejas, vacas y cerdos, y un par de yeguas, y el primer año, siembre solo una cosecha de maíz, algunas papas y un campo de habas o de porotos. Al mismo tiempo visitará a sus vecinos, verá lo que hacen, no tendrá vergüenza de pedir in formaciones y demostrar que sabe menos que ellos, y así aprenderá de ellos mismos el negocio: ni se desanime tampoco por los primeros contrastes; persevere hasta que venga el éxito. No hay nada en la práctica agrícola más difícil que aprender a clavar un clavo como se debe, un hombre que aprende esto aprenderá lo otro completamente andando el tiempo. Es de esperarse que nuestros colegios de agricultura lleguen al fin a perfeccionar sus sistemas de manera que pueda decirse al joven, o a cualquier otro: id allí, al más próximo o al más conveniente y encontraréis una escuela de agricultura donde aprenderéis en el más corto tiempo y de la manera más completa, lo que se ha de hacer y cómo se ha de hacer. Al presente, con muy pocas excepciones felices, es imposible decir esto“.

Como se ve, los mismos americanos reconocen que sus colegios de agricultura con todos sus perfeccionamientos no responden todavía a lo que de ellos se exige. Y tanto consideran los americanos que los colegios de agricultura en la manera en que generalmente están organizados no responden a esos fines, que la iniciativa particular ha tomado a su cargo el establecimiento de una escuela de agricultura, como puede verse por el siguiente suelto:

“La ineficacia de los esfuerzos hechos para que los colegios de agricultura sean lo que están designados a ser, parece haber inducido a algunos particulares a ensayar algo que responda al fin que esos colegios debieran proponerse. Sabemos que Tomás Judd, un rico labrador de Illinois, ha casi concluido sus arreglos para abrir un colegio agrícola industrial, en el cual los estudios prácticos y científicos estarán abiertos para jóvenes de ambos sexos. Una granja de 160 acres de tierra estará unida al colegio. Se dice que la competencia es la vida de los negocios: esta concluirá también por darla a nuestros colegios agrícolas.”

Si, pues, para el joven que ha madurado su inteligencia y a desarrollado sus facultades en otros estudios preparatorios, la enseñanza agrícola no da resultados, como lo demuestra la experiencia, sino va acompañada de la práctica ¿qué podremos decir de la enseñanza de la agricultura en una escuela primaria?

He dicho anteriormente que en España se ha ordenado la enseñanza de una cartilla agraria en las escuelas y me avancé a declarar que eso era una demostración del poco progreso que parecía haber hecho allí la instrucción primaria. La cartilla agraria de que tengo conocimiento, y que entiendo es la adoptada para las escuelas primarias de España, es una cartilla de D. Alejandro Olivan. La edición que tengo a la vista es de 1875 Nueva aumentada y notablemente para uso de las escuelas. Los capítulos I, II y III vienen con las palabras separadas por sílabas, e impresos con letra gorda, de manera que parece tener la intención de que sean estudiadas por los niños que recién empiezan a leer. Supongo que allí como aquí los niños empiezan a leer a los 6 ó 7 años. Vamos a examinar esta cartilla.

El método que sigue es el catecismal. Ya se sabe que ese método consiste en estudiar de memoria las respuestas, palabras por palabras que el niño comprenda o no lo que dice poco importa, lo esencial es, como dice la advertencia; que grabe en la memoria los preceptos rurales. Si el autor del texto se hubiese preocupado de que el niño comprendiese realmente lo que decía, vería que habría seguido un plan muy defectuoso. Empieza por definiciones y sigue por definiciones cada vez más abstractas. Así define primero lo que es la agricultura, cual es su objeto, cuántas operaciones hay en la agricultura, y si hay reglas o principios generales y especiales. Está bien, supongamos que sean necesarias estas definiciones para dar una idea de lo que se va a prender, lo que dudo: pero, enseguida pregunta qué cosa es la teórica y qué cosa es la práctica o viceversa. A lo que contesta el niño, con todo el aplomo de un sabio, que “las dos se dan la mano” y “se complementan una y otra”, que “la teórica por sí sola no hace más que explicar  y demostrar” y que “la práctica es la repetición de actos, que no pasarán de rutinarios, sin el conocimiento de las causas de donde nacen los hechos o los efectos”. ¿Sabe el niño de 7 años lo que es causa, lo que es efecto, lo que es demostración, lo que es teoría? Es inútil seguir examinando el libro bajo este punto de vista, porque todo el está escrito con el desconocimiento más completo de todo sano principio pedagógico.

Pero, supongamos que el niño comprende lo que dice el libro y que sea capaz de conservar en la memoria los preceptos rurales y de aplicarlos cuando entre en la vida activa. Lo mejor que sería, si eso sucediese, sería olvidarse de esos preceptos y buscar otro libro de agricultura en el cual encontrase indicaciones más completas, menos vagas y, sobre todo menos añejas.

Que las indicaciones que hace el texto son incompletas, y por consiguiente, totalmente inútiles para la aplicación, no puede ponerse en dudas. ¿Cómo se puede dar una idea en ciento cuatro páginas pequeñas de letra muy grande sobre labranza, horticultura, crianza de animales y administración rural? Comprendiéndose en esas indicaciones ideas sobre las plantas, sobre su crecimiento y propagación; sobre las tierras y diversas cualidades; sobre los abonos y sus usos; sobre los utensilios de la labranza y sus ventajas; sobre barbechos y alternativa de cosechas, sobre agricultura extensiva y agricultura intensiva; sobre el cultivo del trigo, del centeno, de la cebada de la avena, del maíz, del mijo, del panizo, de la zahína, del alpiste y del arroz; sobre el cultivo de las legumbres, de las judías, de las habas, de los guisantes, de los garbanzos, de las guijas, del altramuz, de los yeros, de las lentejas y de las arvejas; sobre las raíces alimenticias y sobre los pastos; sobre el cultivo de la vid, del olivo, del lino, del cáñamo, del algodonero, de la rubia, del zumaque, del azafrán, del gualda, de la pita, del nopal, de la caña de azúcar, etc., etc.; sobre la formación de bosques y vergeles; sobre la cría y ceba de animales de corral y cría de las abejas, de los gusanos de seda y de la cochinilla, etc., etc., y etc.

Si son incompletas tienen que ser necesariamente vagas estas indicaciones. Así se dice al niño que la reproducción de yema se hace en las plantas por acodo, por estaca y por barbado; pero no se les dice absolutamente lo que es acodo, ni estaca, ni barbado. Se pregunta al niño tratando del modo de preparar la tierra: “¿Qué profundidad deben llevar las diferentes rejas?” Y el niño contesta: “Las primera han de ser más hondas, y las últimas más someras”. ¿Pero, cuál es esa profundidad? Y sobre todo, ¿Cuál es la ventaja de la labor profunda? ¿Cuáles son los inconvenientes de la labor somera? ¿Qué terrenos conviene labrar profundamente? ¿Cuáles no?-Otra pregunta: ¿Requieren los terrenos igual cantidad de abono?-Respuesta-“De ninguna manera: cada cual pide lo que le hace falta, para la planta precisamente que ha de alimentar”. ¿Pero, qué es lo que le hace falta? ¿Esperará el joven agricultor a que el terreno y la planta se los pidan? ¡A qué llenar la cabeza de los pobres muchachos con tanta palabras que de nada les sirven!

Pero suponiendo que les sirviesen esas indicaciones, que pudiesen utilizarlas más tarde, se encontrarían con un cúmulo de prácticas rurales en la cabeza, algunas de ellas tan retrógradas que ni nuestros canarios las encontrarían aceptables ¿No dice que el trigo se corta con hoz o con guadaña, sin siquiera mencionar la segadora mecánica? ¿No dice que se desgrana el trigo a golpeo en los países lluviosos y en los secos se trilla, que es desgranar y además desmenuzar y aplastar la paja; y que el grano se separa de la paja aventando al aire libre en la era, y en climas llovedizos por medio de aventador bajo techado; sin decir una palabra sobre la máquina trilladora y aventadora? ¿No dice que el arado más conviene para España es el timonero con adiciones, que es algo parecido al arado que usaban aquí nuestros abuelos? Que el vertedera, sin embargo, es mucho mejor. De manera que lo que más conviene para España, por lo pronto, según la cartilla, es el peor arado que se conoce.

¡Y ni menciona siquiera los arados de acero, los arados de dos rejas, los arados a vapor!

 

De suerte que si fuera cierto que el libro este pudiese ser retenido en la memoria por los niños hasta que llegasen a la edad de aplicar sus consejos, tendrían a su disposición el conocimiento de preceptos rurales incompletos, vagos y añejos. Estarán menos adelantados que aquel que se fuera al campo sin saber nada, e hiciera simplemente con sus vecinos los canarios! Y no se quiere que de esta manera los agricultores tomen aversión a todo lo que es estudio? ¿No se ve que para semejante enseñanza es mejor no saber nada?”

 

 

La América. Nueva York, junio de 1883.